Imaginate una Costanera que ya no existe. Domingo a la tarde, sol picando, el río de fondo, y una fila de carritos con humo a leña que te alcanzaba desde tres cuadras. Vos llegabas con tu viejo, pedías un choripán que chorreaba jugo sobre el pan, te sentabas en el cordón de la vereda mirando el agua, y por un rato Buenos Aires era la mejor ciudad del mundo.

Esa Costanera ya no existe.

Los carritos que la hicieron mítica —los mismos donde comían Borges y Bioy Casares, donde se armaban las mesas de plástico más largas del mundo— fueron desalojados, demolidos o estandarizados hasta volverse irreconocibles. Y lo más raro de todo: casi nadie se acuerda de que alguna vez existieron.

Si querés entender cómo Buenos Aires dejó morir a sus templos del choripán, sentate que acá va la historia completa. La oficial y, sobre todo, la que nadie te contó.


La Costanera que ya no existe: cuando el choripán se comía frente al río

Para entender el desastre, primero hay que viajar atrás. Hasta los años 50, 60 y 70.

La Costanera Norte —esa franja que va desde el Club de Pescadores hasta el Aeroparque— era el paseo popular más importante de Buenos Aires. No era Puerto Madero con sus torres de vidrio. Era otra cosa: carritos de madera, parrillas a carbón, mesas improvisadas y miles de porteños comiendo choripán con la mirada puesta en el Riachuelo y el Río de la Plata.

Había carritos para todos los gustos. De choripanes, de hamburguesas, de panchos, de bondiolas. Cada uno con su estilo, su dueño, su historia. Y todos compartían una misma ley no escrita: se cocinaba a leña o a carbón, nunca a gas.

El aroma era el verdadero imán. Ese humo espeso, dulzón, mezcla de grasa de chorizo y brasas de quebracho, era la firma de la Costanera. No había cartel publicitario que pudiera competir con ese olor viajando doscientos metros con el viento.

“Los domingos la Costanera era un país entero comiendo afuera. No existía el delivery, no existía Instagram. Existía el choripán y el río, y era suficiente.”

La Costanera era, sin que nadie lo dijera en voz alta, el templo mayor del choripán porteño. El lugar donde el chori dejaba de ser comida rápida y se convertía en ritual. Si querés profundizar en cómo nació ese ritual, acá tenés la historia completa del choripán argentino.

Pero ese paraíso tenía los días contados.


Los fantasmales carritos de la Costanera Norte: ¿qué fue de ellos?

Empecemos por la pregunta que se hacen los que tienen más de cuarenta: ¿adónde fueron a parar los carritos de la Costanera Norte?

La respuesta corta y brutal: no quedan. Hoy no hay ni un solo carrito instalado en la Costanera Rafael Obligado como los había antes. La Costanera Norte tal como la conocimos hace cuarenta años es un cementerio gastronómico.

La respuesta larga es más interesante —y más triste—. Los carritos no se fueron solos. Los fueron borrando de a uno, en una seguidilla de desalojos, demoliciones y “modernizaciones” que duró décadas. Algunos resistieron hasta el final. Otros cayeron sin hacer ruido.

El mapa de los desaparecidos (o casi):

Carrito / ParrillaEstado actualQué pasó
Los Platitos 57Desalojado (2021)40 años de historia borrados por un fallo judicial
Colorado el 18DemolidoLa topadora del gobierno porteño, por deuda de canon
Los Años LocosClausurado“El mostrador más largo del mundo”, según Clarín
A los AmigosClausuradoCompartió destino con Los Años Locos
Carritos de Costanera SurEstandarizadosCarritos amarillos uniformes, prohibido el carbón
HappeningSobrevivióEl único mito que llegó entero al presente

Y el detalle que más duele: los carritos que todavía quedaron dando vueltas por la zona fueron trasladados bajo el puente General Belgrano, lejos del río, lejos del paseo, lejos de todo lo que los hizo legendarios. Un reel que se hizo viral lo muestra con claridad: lo que antes era una costanera viva hoy es un desierto de cemento.

La Costanera Norte murió de a poco. Y casi nadie la veló.


El caso Los Platitos: 44 años de choripanes borrados por un fallo judicial

Si hay un cierre que simboliza toda esta historia, es el de Los Platitos 57.

Los Platitos era un restaurante con unos 40 años de historia pegado a la Costanera Norte. No era un carrito chico: era un templo. Gente que iba desde chicos con sus viejos, después con sus parejas, después con sus propios hijos. Cuatro décadas de choripanes, bondiolas, asados y mesas que se desbordaban los fines de semana.

En mayo de 2021, el gobierno de la Ciudad lo desalojó.

¿La excusa oficial? La concesión estaba vencida. Tras más de tres años de intimaciones y un fallo judicial en contra, el GCBA mandó cerrarlo. Infobae y Clarín lo cubrieron como lo que era: un cierre histórico, uno de los más simbólicos de la Costanera.

Pero los números oficiales cuentan media historia. Lo que de verdad pasó es lo de siempre:

  • Un terreno público codiciado. La Costanera Norte subió de valor año tras año. Un restaurante con concesión vieja y barata era una espina para los que querían desarrollar la zona.
  • Un Estado que aprieta hasta que cede. Tres años de intimaciones no son casualidad. Es presión sostenida.
  • Un negocio familiar que no podía competir con las nuevas reglas. Los Platitos era de los de antes: dueño presente, receta de la casa, precio justo. El modelo que el GCBA quería para la Costanera era otro.

El día que cerró, la gente fue a despedirse. Algunos lloraban. Otros se llevaban de recuerdo el último choripán. Cuarenta años de historia culposa de un saque, sin más.

Y lo más brutal: a Los Platitos nadie lo reemplazó con nada mejor. El lugar quedó vacío. Como tantos otros de la Costanera.


Colorado el 18 y los demolidos: cuando la topadora llegó al choripán

Si Los Platitos murió por fallo judicial, Colorado el 18 murió por algo más directo: la topadora.

Colorado el 18 era otro de los pesos pesados de la Costanera Norte. Un carrito-parrilla con años de historia, con su clientela fiel, con su estilo. Hasta que el gobierno porteño decidió demolerlo.

¿El motivo? Falta de pago del canon de concesión. O al menos, esa fue la versión oficial que recogió La Nación cuando arrancaron las demoliciones.

Pero miremos el panorama completo. No fue solo Colorado el 18. En esa misma operación, el GCBA clausuró Los Años Locos y A los Amigos, dos parrillas que Clarín llegó a llamar “el mostrador más largo del mundo” por cómo extendían sus mesas una al lado de la otra, formando una barra interminable de choripanes, morcillas y asados.

La imagen era potentísima: decenas de metros de comida, humo y gente, todo corrido, todo junto. Era la Costanera en su máxima expresión. Y la convirtieron en escombros.

El patrón que se repite:

  1. Primero, la deuda. El canon sube, la concesión se complica, los números no cierran.
  2. Después, la intimación. Avisos, plazos, multas.
  3. Después, el desalojo o la demolición. A veces con orden judicial, a veces sin demasiados miramientos.
  4. Por último, el silencio. El lugar queda vacío, o se lo entrega a otro con condiciones que nada tienen que ver con el carrito original.

La pregunta incómoda es obvia: ¿esto es regular la actividad pública, o es limpiar la Costanera para que entre otra cosa? Cada uno sacará su conclusión. Pero los hechos están: los carritos ya no están, y lo que vino no los reemplazó.


Happening: el único sobreviviente (y lo que nadie te contó de Borges y el choripán)

En medio de tanto desastre, hay una historia que rescata la esperanza. Es la de Happening, la parrilla que empezó como carrito y llegó viva hasta hoy.

Happening cumplió 60 años en 2025. Y su origen es de los que parecen escritos para una película.

La historia, en cuatro datos:

  • Empezó en los años 60 como carrito N°12 de la Costanera (después renumerado como 55).
  • El carrito lo recibieron Osvaldo y Beba Brucco como pago de una deuda. Sí: alguien les debía plata y les canceló con un carrito de choripanes. No es un chiste.
  • Con ese carrito empezaron a vender, y con los años lo convirtieron en una de las parrillas más icónicas de Buenos Aires.
  • Hoy es un restaurante de peso, pero conserva el espíritu del carrito original.

Lo más fascinante de Happening es quién comía ahí cuando todavía era carrito.

La Nación y Forbes Argentina lo confirmaron: Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares eran clientes de Happening cuando todavía era un carrito de la Costanera.

Borges. El tipo que escribió El Aleph. El más grande de la literatura argentina. Comiendo choripán en un carrito de la Costanera.

La imagen es casi too much. El autor de Ficciones parado frente a una parrilla a carbón, con un pan en la mano, mirando el río. Es el tipo de detalle que te cambia la forma de ver la cultura porteña: la alta y la popular nunca estuvieron tan lejos. Compartían el mismo carrito.

Happening sobrevivió porque supo adaptarse sin traicionar su origen. Mientras otros carritos se aferraron a un modelo que el Estado les fue ahogando, los Brucco convirtieron el carrito N°12 en una institución que hoy funciona como parrilla de referencia.

Es el único templo del chori costanero que llegó entero al presente. Y eso lo convierte, casi sin querer, en el guardián de una memoria que el resto de la Costanera perdió.


La estandarización traidora: cómo los carritos amarillos mataron el carbón y la magia

Ahora vamos a Costanera Sur, porque ahí pasó algo distinto. Y, a su manera, igual de destructivo.

A Costanera Sur no la desalojaron ni la demolieron. La “modernizaron”. Y en nombre de la modernización, le sacaron el alma.

La operación arrancó alrededor de 2012. El gobierno porteño decidió que los carritos viejos —esos de madera, chatos, cada uno distinto al otro— tenían que desaparecer. En su lugar, instaló carritos amarillos uniformes, todos iguales, como salidos de una cadena. Infobae y Clarín cubrieron el lanzamiento de esos nuevos carritos, que venían con heladera incluida y un diseño más “limpio”.

Hasta acá, parecería una mejora. Pero el detalle que lo arruinó todo fue este:

Prohibieron las parrillas a carbón y leña. Todo pasó a gas.

Parece un cambio menor. No lo es. El carbón y la leña eran el alma del choripán costanero. Ese sabor ahumado, ese aroma que viajaba cuadras, esa costra que solo se logra con brasa viva, no con una llama de gas pareja. Sacar el carbón fue como sacarle el corcho al vino: técnicamente sigue siendo la bebida, pero ya no es lo mismo.

Lo que se perdió con el gas:

  • El sabor ahumado. El gas no ahúma. El carbón sí. Punto.
  • El aroma callejero. Ese humo que te llamaba desde lejos, que te decía “acá hay chori” sin necesidad de cartel.
  • El carácter artesanal. Manejar el carbón es un oficio. El gas lo estandariza y lo aburre.
  • La identidad de cada carrito. Cada parrillero tenía su forma de manejar la brasa. Con gas, todos suenan igual.

Los usuarios no se callaron. En los foros —como este thread de 3dgames sobre cuál es el mejor carrito de Costanera Sur— la crítica se repite: “perdieron la magia al sacarles el carbón y ser todas de gas”.

Y tienen razón. Los carritos amarillos son más limpios, más uniformes, más “presentables” para un folleto turístico. Pero son genéricos. No tienen la personalidad de los carritos viejos, cada uno con su nombre, su dueño y su estilo.

La “modernización” fue, en el fondo, una limpieza estética. La Costanera Sur pasó de ser un sitio popular, caótico, vivo, a ser una postal prolija. Más linda para la foto. Peor para el choripán.


¿Dónde están ahora? Los descendientes y los que intentan revivir el mito

No todo está perdido. Los carritos desaparecidos dejaron herencia.

Los descendientes

Muchos de los parrilleros que tenían carritos en la Costanera no colgaron la tenaza. Algunos se fueron a otros puntos de la ciudad. Otros abrieron locales fijos. Y un puñado transmite el oficio de generación en generación, como pasa con la mejor tradición gastronómica argentina.

Dónde rastrearlos:

  • Puerto Madero y alrededores. La zona absorbió parte de la clientela costanera. Si buscás herederos del chori costanero, acá tenés una guía de los mejores choripanes de Puerto Madero.
  • Bajos del puente General Belgrano. Ahí terminaron los carritos reubicados. No es la Costanera, pero todavía hay actividad.
  • Feriados y eventos. Algunos carritos aparecen en festivales, ferias gastronómicas y fechas patrias, reviviendo el espíritu original.
  • Barrios del Gran Buenos Aires. Muchos parrilleros se fueron a zonas donde el canon y los controles son más amables, y mantienen viva la receta.

Los que intentan revivir el mito

Hay movimientos que buscan recuperar la Costanera popular. No hablan de volver a los años 60 —eso es imposible—, pero sí de frenar el desfile de cierres, de defender los carritos que quedan, y de pelear por un modelo de Costanera que no sea solo torres y paseos embalconados.

La tensión es eterna: por un lado, la ciudad que se “moderniza” y limpia; por el otro, la identidad popular que se resiste a desaparecer. El choripán costanero está en el medio de esa pelea, y está perdiendo.

Los carritos que todavía valen

Si querés el chori costanero de verdad —o lo más parecido que quedó—, todavía hay lugares que mantienen la posta. Para no equivocarte, acá tenés la guía actualizada de los mejores carritos de choripán de Buenos Aires.

No es lo mismo que la Costanera de los 70. Pero es lo que nos queda.


El choripán que perdimos vs el que nos queda: una guía nostálgica para 2026

Cerrá los ojos un segundo y pensá en esto: ¿qué choripán perdimos, y qué choripán nos queda?

El choripán que perdimos:

  • El de la Costanera Norte con vista al río. Chori a carbón, pan crujiente, chimichurri casero, y el Río de la Plata de fondo. Por dos pesos. Ese ya no existe.
  • El de Los Platitos y Colorado el 18. El de los nombres propios, los dueños presentes, las mesas eternas. Demolidos y desalojados.
  • El de los carritos a carbón de Costanera Sur. Reemplazados por carritos amarillos a gas, prolijos y sin alma.
  • El de Borges en Happening-carrito. Literatura y chori en el mismo lugar. Ese momento histórico no se repite.

El choripán que nos queda:

Una tabla para el nostalgioso

Tipo de choripánEstadoDónde encontrarlo (2026)
Costanera Norte a carbónExtintoYa no existe
Los Platitos / Colorado el 18ExtintoSolo en la memoria
Carritos Costanera Sur originalesEstandarizadosReemplazados por amarillos a gas
Happening (carrito original)TransformadoComo parrilla en Costanera
Choripán de canchaVivoEn todos los estadios
Chori casero a parrillaVivoEn tu balcón, si tenés carbón

El chori también es identidad (y se la están pisando)

Hay algo más grande que un carrito en juego acá. El choripán es identidad porteña. No es exagerado: es comida popular, callejera, barata, compartida. Es la comida que cruza clases, que se come en la cancha y en la Costanera, en el asado familiar y en el cumple del barrio. Es de los pocos símbolos que todos los argentinos reconocen sin discusión.

Cuando Buenos Aires desaloja un carrito con 40 años de historia, no está cerrando un negocio. Está borrando un pedazo de su propia identidad.

Y lo hace con una excusa técnica —concesión vencida, canon impago, modernización— que nadie puede discutir en lo formal, pero que todos sabemos qué esconde: la decisión política de quién puede comer, dónde y a qué precio.

La Costanera popular no murió de muerte natural. La dejaron morir. Y mientras tanto, el chori se sigue vendiendo, se sigue comiendo, se sigue amando. Pero perdió su templo. Y los templos, cuando se caen, no se reconstruyen igual.

Si querés entender por qué el choripán es tan central en la cultura argentina —más allá de la Costanera—, este recorrido por el choripán en la cultura argentina lo explica mejor que yo.


Reflexión final: lo que la Costanera nos enseñó (y lo que olvidamos)

La historia de los carritos desaparecidos tiene una moraleja incómoda.

Las ciudades no pierden su alma de golpe. La pierden de a poco, un carrito desalojado por vez, una parrilla demolida por vez, un sabor a carbón prohibido por vez. Cada cierre parece chico, técnico, justificable. Pero cuando los sumás todos, el resultado es una Costanera irreconocible.

Lo más triste no es que ya no esté Los Platitos. Ni que hayan topado Colorado el 18. Ni que Borges ya no pueda comer su choripán en el carrito N°12.

Lo más triste es que casi nadie se acuerde de que todo eso existió.

La memoria es frágil. Y los carritos de la Costanera, los que hacían de Buenos Aires una ciudad más sabrosa, más popular, más viva, se están borrando de la memoria colectiva tan rápido como se borraron del mapa.

Happening queda como el último testigo. Los carritos amarillos de Costanera Sur quedan como el recordatorio de que “modernizar” puede ser un eufemismo para “desinfectar”. Y los nuevos puestos, repartidos por la ciudad, son lo que nos queda para mantener viva la llama.

Mi opinión, sin vueltas: Buenos Aires cometió un error histórico al dejar morir sus carritos costaneros. No por nostalgia barata. Porque se cargó un modelo de comida popular, accesible, comunitaria, que era parte de lo que la hacía ser ella misma. Y no lo reemplazó con nada equivalente.

Pero acá va la buena noticia: el choripán sobrevive a sus templos. Se sigue vendiendo en la cancha, en el barrio, en la parrilla de tu casa. La Costanera puede caer. El chori, no.


¿Vos te acordás de los carritos de la Costanera? ¿Tenés alguno que extrañás, o una anécdota que se te quedó grabada? Tirala en los comentarios, compartila con alguien que también laExtrañe, y ayudemos a que esta memoria no se borre del todo. El choripán se come. La memoria, hay que defenderla.